domingo, 7 de septiembre de 2014

Cuba, isla de contrastes

Después de meses de organización Lonely Planet en mano, consultas a Dr. Google y un porrón de horas echadas en varios foros de viajes, por fin había llegado la hora. El domingo 3 de agosto empezaban nuestras vacaciones de verano y nuestro viaje. El Viaje. La ruta que escogimos para descubrir la mayor isla de las Antillas era poco original, aunque totalmente recomendada para saborear sin demasiadas prisas la zona occidental del país: La Habana, Viñales, Trinidad, Cienfuegos y Cayo Largo del Sur (¡el único cayo que verdaderamente está sobre el mar Caribe!). Después de darle mil vueltas al itinerario y una vez vivida la experiencia, no me arrepiento ni una pizca del recorrido. Eso sí, como siempre, nos faltaron días...:)

El itinerario y los hoteles escogidos:
  • Domingo 3 de agosto: Madrid-La Habana (Hotel Sevilla)
  • Lunes 4 de agosto: La Habana
  • Martes 5 de agosto: La Habana 
  •  Miércoles 6 de agosto: La Habana- Viñales (Hotel Los Jazmines)
  • Jueves 7 de agosto: Viñales- Criadero cocodrilos/Guamá- Trinidad (Hotel Brisas del Mar Trinidad)
  • Viernes 8 de agosto: Trinidad
  • Sábado 9 de agosto: Trinidad
  • Domingo 10 de agosto: Trinidad- Cienfuegos- La Habana (Hotel Sevilla)
  • Lunes 11 de agosto: La Habana- Cayo Largo del Sur (Hotel Melià Sol Cayo Largo)
  • Martes 12 de agosto: Cayo Largo del Sur
  • Miércoles 13 de agosto: Cayo Largo del Sur
  • Jueves 14 de agosto: Cayo Largo del Sur- La Habana (Hotel Sevilla)
  • Viernes 15 de agosto: La Habana
  • Sábado 16 de agosto: La Habana- Madrid

Mapa de la parte occidental de Cuba con las ciudades y puntos visitados

Salimos del aeropuerto de Barajas con poco más de una hora de retraso. Sobre las cuatro y media de la tarde. La compañía: Air Europa. Se supone que es mejor que Cubana de Aviación, la aerolínea nacional de Cuba, pero el elevado precio del billete es casi insultante para la poca comodidad de las butacas y del servicio... ¡Ya podrían aprender de otras aerolíneas...! Menos mal que para este trayecto reservamos dos asientos de emergencia, y realmente lo agradecimos. El vuelo duraba 10 horas, y en este caso, además, no tenía pantallas individuales. Eso sí, dan mantita y un cojín. El vuelo de regreso, que duró ocho horas y cuarto, fue mejor. Y tenía pantallitas individuales. 


Mis recomendaciones para hacer el vuelo más "agradable" en clase turista:
  • Lleva los auriculares de casa. A diferencia de otras compañías, Air Europa cobra 3 euros por ellos. Después de pagar 1.000 euros por un billete de ida y vuelta, no hace ninguna gracia ...
  • Si vas en pareja, reserva dos asientos aislados de los laterales...10 horas se hacen largas. Y más si tienes que compartirlas con 4 o 5 personas...y dejarlas levantar y pasar cada dos por tres...
  • Reserva el asiento: o bien haciendo la reserva gratuitamente durante las 48 horas previas a la salida del vuelo o pagando antes. El precio de un asiento normal es de 10 euros y, los de emergencia, de 50. La frase que más escuché en facturación: "Lo siento, pero ya no quedan asientos juntos...".
  • Llevar algo de comida. Se puede tener suerte con el catering (como nos pasó en el vuelo de ida) o no (como nos sucedió en el vuelo de vuelta)...
  • Llevar lecturas y alguna película en la tablet. No esperes que siempre haya pantalla individual.
  • Llevar cojines hinchables para el cuello. Te salvará de aterrizar en La Habana con una tortículis... 

Nada más bajar del avión, sentimos esa pegajosa humedad que nos acompaño cada minuto de los siguientes 14 días. Voilà. ¡Ya estábamos en Cuba! Pasamos los controles sin ningún tipo de problemas (después de leer las 1.001 leyendas y experiencias por Internet), nos sellaron los pasaportes, nos hicieron una foto (que repitieron a la salida), nos cortaron la primera parte del visado y, finalmente, recogimos el equipaje. Aunque durante todo este proceso ya se notaba el ritmo trotón y la calma con la que actúan SIEMPRE los cubanos (y que comprobaríamos posteriormente día sí y día también, a veces llegando a los límites de la desesperación), debo decir que no tardamos más de una hora en realizar toda esta tournée.
 
Fidel Castro visita el Hotel Sevilla en los primeros días del año 1959
A la salida del aeropuerto internacional José Martí ("héroe nacional" que posteriormente conoceríamos más profundamente en el Museo de la Revolución y cuyo nombre y figura está por toda la isla), una agente de Travelplan nos esperaba para señalarnos qué autobús nos llevaría al Hotel Sevilla. Inaugurado a principios del siglo XX y ubicado entre la Habana Vieja y Centro Habana, ideal para descubrir el casco histórico a pie, fue el primer hotel de lujo de la ciudad. Está justo delante del paseo del Prado y a dos cuadras del Parque Central. Varios retratos con fotografías y textos recuerdan, en el hall principal y las galerías adyacentes, su época dorada. Ahí figuran imágenes de antiguos clientes, como Grahan Greene (lo utilizó como escenario de su novela Nuestro hombre en La Habana), Al Capone y Josephine Baker, entre otros. También se muestra en la planta baja el viraje que el hotel tomó con el triunfo de la Revolución, en 1959: el propietario huyó y los trabajadores se hicieron con la gerencia. 

Ahora, el Sevilla se ha convertido en un funcional cuatro estrellas (pasable para convertirlo en el campo base, pero nada de lujos), cuyas paredes y adornos parados dejan entrever ese esplendoroso y dorado pasado que un día vivió y que hoy, como casi en toda Cuba, está en decadencia. El baño de las habitaciones es muy muy básico, con falta de algunos arreglillos y una capa de pintura. A lo largo del viaje, lo utilizamos tres veces: las tres primeras noches en La Habana (habitación 125), en una escala entre Trinidad y Cayo Largo del Sur (habitaciones 309 y 410), y dos noches al final de viaje.

Habitación 615, dónde se alojó Al Capone
Nuestra última estancia fue, quizás, la más sorprendente y la que, sin esperarlo, nos permitió ser un poquito partícipes de esa Habana de lujos, corrupción y desenfrenos de principios del siglo XX: nos asignaron la habitación 615, donde se hospedó el famoso mafioso Al Capone. Éste alquilo en una ocasión toda la sexta planta del hotel, y se alojó en la 615. Se dice (y corrobora la biblia del viajero Lonely Planet) que la mafia lo ocupó como centro de operaciones de su negocio estadounidense con las drogas. La fachada mudéjar del edificio no deja indiferente a los visitantes, y es un punto de interés en las visitas turísticas en La Habana.
Esa primera noche, cambiamos en la recepción del hotel 50 euros en cuc's (el cambio estaba a 1 euros=1,25 cuc's) y cenamos en el mismo paseo del Prado, a dos cuadras (tal y como los cubanos dicen) del hotel. Era el centro asturiano restaurante gourmet, o algo así. Ojo: No hay que confundirlo con el afamado restaurante Los Nardos, de la Sociedad Asturiana, que está delante del Capitolio y que probamos el día antes de volver para Madrid. No tiene nada que ver. Mejor y más barato el segundo, sin desprestigiar al primero. Después de ágape, dimos el largo día por concluido.

lunes, 2 de junio de 2014

El eterno encanto de Montmartre

Parece que Montmartre permanece impasible en el tiempo. Este barrio frecuentado antiguamente por bohemios y pintores, y poblado hoy en día por un buen número de cabarets y sex shops, con un cierto toque canlla, sigue encandilando por igual tanto a turistas primerizos como repetidores. Entre estos últimos, nos encontramos nosotros. En diciembre de 2013 (sí, ya hace unos mesecitos...tenía el post a medio escribir), en nuestra escapada navideña por la ciudad, decidimos dedicar buena parte del 7 de diciembre a este gran imperdible. El consejo: olvídate de reloj. Relax. Disfruta. Observa. Vive Montmarte. No te quedes solo con el arichiconocido Mouline Rouge... Sería una pena.
Cafe des 2 Moulins (rue Lepic)
Llegamos hasta la parada de metro Pigalle, y recorremos parte del Boulevard de Clichy, hasta llegar a la famosa Rue Lepic. Aquí hacemos varias paradas. La primera, en el Café des 2 Moulins, dónde se rodó la famosa película de Amélie. En este bar-brasserie trabajaba la famosa protagonista, un cartel de la cual recuerda hoy, en el fondo del restaurant, ese icono de la gran pantalla. 

En la otra acera, la Fromagerie Lepic hace la boca agua a todos los visitantes que recorren esta vía. Quien más o quien menos, se detiene unos instantes ante su atractiva vitrina. Y es que dan ganas de probarlo todo... Con el buen tiempo, una opción para los amantes del pícnic (bien sea el tradicional, o en su vertiente chic, según gustos), es comprar una de sus bandejitas de degustación e ir a saborearla tranquilamente a la orilla del Sena o a alguno de los parques o zonas verdes de la ciudad. Acompañado por una baguette o por algunos de los riquísimos panes que tienes en las boulangeries. Mmm...
Place du Tertre
Seguimos subiendo la calle, hasta llegar al Moulin de la Galette, un antiguo molino de viento transformado hoy en un restaurante. Callejeamos por las adoquinadas calles con cierta pendiente hasta llegar a la idílica Place du Tertre, atestada de pintores, caricarturistas y curiosos. Estampa idílica que todo el que haya estado en la ciudad tiene gravada en la mente.

Otro de los mercadillos navideños famosos de París es el que está ubicado a los pies del Sagrado Corazón, en Montmartre. Aunque es mucho más pequeño que el de los Campos Elíseos, tiene su propio encanto.
Mercadillo navideño en Montmartre, a los pies del Sagrado Corazón

Para finalizar un recorrido por Montmarte no podemos olvidar hacer una visita al Sagrado Corazón, sin coste de acceso (salvo la cúpula). Dentro, durante estas fechas, puede verse, al igual que en Notre Dame, el belén. Para los que se atrevan a rememorar momentos happy de la infancia (que equivale a una gran parte de turistas, parece ser que perdemos un poco el sentido de la vergüenza en el extranjero), a los pies de este templo, hay un antiguo tiovivo. Prefiero no decir la media de edad que había en el cacharrito cuando fuimos... Acabamos la ruta en las puertas del célebre Moulin Rouge
En el tiovivo de Montmarte
Acabamos la jornada visitando Les Invalides, antigua residencia para soldados y militares que acoge la tumba de Napoleón y que actualemente es el museo del ejército, y regresando a los Campos Elíseos. En el primero, pese a estar cerrado, se podía acceder a una plaza dónde había una exposición y exhibición de vehículos militares.

Exposición de vehículos militares en les Invalides
Esta vez, además de deambular por las decenas y decenas de puestecillos, nos subimos en la gran noria que instalan cada año por estas fechas en la plaza de la Concordia, le Grand Roue. Como todo, en París, no es barato. Si no recuerdo mal, costaba 10 euros por persona, y daba solo dos vueltas. Acompañamos este corto viaje con una paperina de castañas calientes, que compramos a los pies de la atracción.

Campos Elíseos desde la noria de la plaza de la Concordia

domingo, 12 de enero de 2014

París bien vale una Navidad

Después de varios años intentando hacer la típica escapadita de mercados navideños, este año por fin lo hemos conseguido. Las fechas: el puente de la Constitución. Después de mirar con las compañías aéreas low cost precios desorbitados, encontramos una oferta muy atractiva con Air France desde Barcelona. Tras un vuelo de menos de dos horas (con desayuno incluido), el 6 de diciembre de 2013 aterrizamos, sobre las nueva de la mañana, en el inmenso aeropuerto de Charles de Gaulle. La mejor opción para llegar a nuestro hotel, ubicado al lado de la Ópera, era el Roissy Bus, que sale cada 15 minutos y cuesta 10 euros por persona. En 45 minutos, este autobús va directamente a la Ópera, sin paradas intermedias y con espacio suficiente para el equipaje. Es una buena alternativa al taxi, que tarda el mismo tiempo y  cuesta 60 euros. 
En el Jardín les las Tullerías, con la noria de la Concordia al fondo
Al llegar a la Ópera, nos situamos en el mapa (gracias a mi inseparable Pop Out) y vamos para la Rue Vignon en busca de nuestro hotel: Hotel Le Vignon, que reservamos meses antes vía Booking. Con una ambiente romántico y un toque vintage, es totalmente aconsejable para moverse por la ciudad. Es súper céntrico, con tres líneas de metro (M8, M12 y M14) y una de RER (Auber, línea A) a dos o tres minutos. Además, es muy cómodo, con habitaciones bastante grandes y camas confortables, muy de agradecer después de largas caminatas por el asfalto. Además, tiene wifi gratuito y un radiador para las toallas del baño.
Habitación del Hotel Le Vignon
Después de dejar todo el equipaje en el hotel, bajamos por la Madeleine (por cierto, al lado esta Fauchon) hasta la plaza de la Concordia, donde por estas fechas ponen cada año una noria gigante, conocida como La Grande Roue. La dejamos para la noche y nos decantamos por un desayuno bastante tardío en La Maison Angelina, una de las mejores chocolaterías de París. Fundada en 1903, este salón estilo belle epoque, situado en el número 226 de la Rue Rivoli, es uno de mis locales favoritos de la ciudad. No se puede dejar de probar el chocolate africain (8€), que lo sirven en una fina chocolatera (da para dos o tres tazas), y va acompañado de una tarrina de nata y una jarra de agua. Como dirían los franceses, superbe! Pese a sus múltiples y atractivos pastelillos, lo acompañamos con la pasta por antonomasia de Francia, amén del pain au chocolat: el croissant.
Árbol delante de Notre Dame


Después, caminamos por la rue Rivoli, pasando por la rue Cambon (donde esta la maison Chanel, abierta en 1910), hasta llegar al jardín de la Tullerías, donde dimos un pequeño paseo aprovechando el buen tiempo que hacía. Seguimos por la orilla izquierda del Sena, pasando por delante del Louvre, hasta llegar al Pont des Arts, que alberga cientos de candados (y los correspondiente vendedores de estos artilugios, como no podía ser de otra manera). Después de inmortalizarlo con el idílico Pont Neuf detrás (que pese a su significado "puente nuevo", es el puente más viejo de París), pasamos por los bouquinistes, pequeños puestecillos que venden libros y carteles antiguos al lado del Sena, hasta llegar a la Île de la Cité.
Candados del Pont Des Arts
Callejeamos por la Île de la Cité hasta llegar a la majestuosa catedral de Notre Dame. A la entrada, un árbol de Navidad un poco destartalado. Aunque ya habíamos estado hacía cinco años, volvimos a entrar. Al fondo nos esperaba un original pesebre de madera, con juego de luces incluído. Comimos en una especie de café bistró y nos acercamos hasta el famoso Hôtel de Ville, un edificio que nunca me canso de ver y que el fotógrafo Robert Doisneau inmortalizó en la instantánea El Beso. Allí, cogimos el metro hasta nuestro alojamiento. Ya eran más de la cuatro y podíamos entrar a la habitación. Descansamos un poco para reponer fuerzas y dejamos algunas cosillas que llevábamos cargando todo el día encima. Más tarde, fuimos a Trocadero, que alberga el imponente Palacio Chaillot. Este punto ofrece, sin duda, una de las mejores vistas de la Torre Eiffel.
Vistas de la Torre Eiffel desde la plaza de Trocadero

Después de comprobar, con algo de pena, que el mercado de Navidad de Trocadero no estaba abierto (ni siquiera montado), pusimos rumbo a los Campos Elíseos. Empezamos en el Arco del Triunfo, hasta la plaza de la Concordia. Poco más de dos quilómetros de distancia. En el primer tramo, hasta la plaza de Franklin D. Roosvelt, los glamurosos escaparates de las marcas internacionales se habían vestido con sus mejores galas para celebrar la Navidad.
Decoración de los Campos Elíseos
En el segundo tramo de los Campos Elíseos, zonas ajardinadas donde está el Grand y el Petit Palais, estaba instalado el Village du Noël du Champs Elysées, uno de los mercadillos de navidad más grandes de la ciudad, con cerca de 200 casetas. Abierto hasta media noche los fines de semana, este mercadillo acoge un sinfín de productos: desde productos comestibles (salchichas, bocadillos, quesos, chocolate caliente, sopas, embutidos y crêpes recién hechos), hasta artesanía, pasando, como no, por los típicos productos navideños: gorros de papa noel, figuritas para el pesebre, postales navideñas, bolas y adornos para el árbol de navidad, pan de especias...Esa noche cenamos allí de pie, de puesto en puesto, un rico popurrí de dulce y salado. 
Crêperie L'Ancienne, en el Village du Noël, en los Camps Elíseos

Distintos panes de especias, en uno de las casetas de los Camps Elíseos

lunes, 14 de octubre de 2013

Ko Phi Phi Ley: ¡el paraíso existe!



Desayuno en Baxil (con bolsa de churros)
Miércoles 1 de mayo. Nos levantamos sobre las seis y media de la mañana y, rápidamente, fuimos a desayunar al Baxil, la zona de restauración del Hotel Zeavola donde se servía el primer ágape del día (y de la que, desafortunadamente, pudimos disfrutar poquito, ya que teníamos los horarios súper apretados). Además del típico buffet libre de un hotel de gama alta (panes de diferentes sabores, formas y harinas, una gran variedad de dulces, platos calientes, todo tipo de bebidas, cajitas de cereales individuales...), éste tenía unas paradas temáticas, estilo las del mercado, pero en modo "deluxe". Una, con frutas; otra, con comida thai... Además, en la mesa te esperaba una bolsa de cartón con una especie de churros en el interior, en la que, utilizando la parte exterior a modo de carta, te ofrecían otros platos calientes. De las pocas cosas que me arrepiento, es de no haber disfrutado con más tiempo estos deliciosos y abundantes desayunos.

Sobre las siete y media de la mañana, nos dirigimos al Padi Centre, donde el día anterior habíamos reservado la excursión de las cuatro islas. Privada, solo para nosotros. Un capricho que uno se puede permitir en Tailandia. Aquí, nos dan agua (que a media mañana ya estaba como el caldo), toallas y el equipo de snorkel (gafas, tubo y aletas). Una vez equipados, nos presentan al capitán de nuestro longtail boat (barco de popa larga) y, con una ilusión tremenda, nos embarcamos. Inmediatamente, salimos, rodeando toda la costa de Phi Phi Don, hacia Ko Phi Phi Ley. 
 
Dirección a Ko Phi Phi Ley

Después de cerca de 40 minutos, llegamos al paraíso del paraíso: la famosa, archiconocida, increíble y (ya) muy turística Maya Bay (Bahía de Maya), donde se rodó la película de La Playa (con Leonardo Di Caprio). Aunque la entrada a la bahía pueda despistar cuando llegas por primera vez, una vez que estás en la arena la panorámica es inconfundible. Como no podía ser de otra manera, aquí toca una sesión de fotos non stop, para inmortalizar el momento y disfrutar de él cuando estemos en casa (he puesto la foto en un marquito que compré en Chiang Mai). Después, es obligatorio dedicar un rato para el baños y para el deleite de la vista (sin hacerlo a través del objetivo de la cámara). Al cabo de una hora, dejamos atrás esta maravilla para seguir nuestro itinerario. Sobre todo, aconsejo ir en barquita privada (no sé si nos costó 65-70 euros, dos personas, seis horas) e ir pronto, antes de que lleguen las grandes lanchas a rebosar de grupos de turistas. En mi opinión, éstas no ofrecen la misma experiencia que los longtail boats, ni te permiten ir al ritmo que uno desee.
 
Maya Bay (o Bahía de Maya)

La segunda parada del recorrido fue en Loh Sama Bay. Esta bahía, localizada al sur de Phi Phi Ley, muy cerquita de Maya Bay, es ideal para hacer snorkel.Y eso hicimos. Nos inauguramos, por primera vez, en esta actividad que, pese a mi inicial desconfianza, fue la mar de divertida. Siendo previsora, y dada que la profundidad era de más de cuatro metros y los turistas que teníamos a nuestro alrededor se habían puesto chaleco salvavidas, pedí uno a nuestro capitán. Es muy cómodo y no te tiene que preocupar de nadar todo el rato, ya que flotas. Vimos muchos peces, corales, erizos y formaciones rocosas varias. En algunas de ellas, hasta se podía hacer pie. La única pega es que me entraba un poquillo de agua por las gafas. Así que, recomendación de principiante: revisad bien el equipo antes de salir. A mi, ni se me pasó por la cabeza...
 
Haciendo snorkel en Loh Sama Bay

La tercera parada fue en Piley Bay, otro paraíso. Esta bahía, con el agua como una balsa y el color turquesa en su máximo esplendor gracias al sol, estaba un poco menos transitada. Al final de la bahía, no cubre, así que puedes tocar de pies al suelo y estar más relajado. Posteriormente, paramos unos segundos, sin bajarnos, en la Viking Cave, una cueva que, si bien antes se podía anterar, ahora el acceso está prohibido. Al menos, para turistas.  
 
Piley Bay

Dejamos atrás Ko Phi Phi Ley para poner rumbo a Bamboo Island, una islita totalmente circular que, salvando las distancias (unos pocos quilómetros), está ubicada enfrente de nuestro hotel. Cuando llegamos, nos sorprendió increiblemente. Y es que además de la famosa Maya Bay, hay otros lugares que son igual o más increíbles y que no son tan conocidos. La perfección de su forma, totalmente circular; junto al agua turquesa y cristalina, que se fundía con el cielo del mismo color, hace pensar que es más un espejismo o una imagen de Photoshop, que no una estampa real. Otra gran imagen para el recuerdo. Aquí estuvimos cerca de una hora. 
 
Nuestra barquita, en Bamboo Island

Recorrimos la mitad de su perímetro (y ojo con el sol, porque aún llevando protección nos quemamos), tomamos algo en el único chiringuito que hay en la isla (al lado de una zona de camping) y, como no, bañito al canto. Era increíble la temperatura del agua. Estaba casi como el caldo...Para mi, que me gusta calentita, perfecta!
 
Barca azul en Bamboo Island

Con toda la pena de dejar atrás Bamboo Island, nos dirigimos a la última parada de nuestra excursión: Mosquito Island. Al ravés que Bamboo, que está al lado, en esta isla son todo formaciones rocosas y acantilados. El conductor del barquito examinó una poco la zona, paró y nos indicó cuál era el mejor sitio para hacer snorquel. Casi todo, con señas. Así que, una vez más, bajamos las escaleritas y nos deleitamos con el fondo marino de este pequeño pero increíble archipiélago. Espectacular. Este fue quizás el sitio que más impresionaba, ya que no había playa por ningún sitio y se veía el mar abierto...

Regresamos al hotel sobre las dos de la tarde. Volvimos a comer a pie de playa, en el restaurante Tacada y, después de comprobar que estábamos literalmente socarrados, dascansamos un par de horitas en la habitación, con en el ventilador de madera a todo trapo. Antes de ponernos en marcha, me vuelví a dar un bañito en el mar de Andaman. El último. No había manera de resistirse a él...
 
Superando los centenares de escalones hasta el Point View de Ton Sai

Sobre las cinco de la tarde alquilamos un longtail boat para ir a Ton Sai, la única ciudad de la isla. Por 1.000 baths, fuimos, nos esperaron dos horas en el puerto de este pueblecito y nos llevaron de regreso al Zeavola. Ese tiempo lo aprevechamos para subir hasta el famoso point view, un mirador que está en uno de los puntos más altos de la isla y que tiene unas preciosas vistas, con vistas a las dos bahías. Aviso a navegantes: cerca de una hora y media para subir, estar un ratillo y bajar. Para llegar hasta él hay varios tramos de empinadas escaleras y varias cuestecitas por el camino. Además, para más inri, a mitad de camino hay una caseta donde te hacen pagar 20 baths para acceder al mirador. 

Point view de Ton Sai (Kho Phi Phi Don)
Después de darnos esta paliza y con la piel como un tomate, volvimos al hotel sobre las ocho de la tarde. Es curioso navegar con un barquito tan chiquitito a esta hora, cuando ya había anochecido. El mar aún mucho más respeto de lo normal. Esa noche, compramos aloe vera para mitigar las quemaduras y pedimos cena en la habitación. Nuestro estado no nos permitió más. Eso sí, al ser el último día, nos habían dejado un detallazo encima de la cama: un peluche de un pato y otro de un gallo hechos a mano.Total handmade.

viernes, 4 de octubre de 2013

Aterrizando en el mar de Andamán



Día 30 de abril. Al amanecer, después de un sueño exprés de apenas seis horas, salimos del hotel Siri Lanna hacia el aeropuerto de Chiang Mai para coger el vuelo destino Phuket, la mayor isla de Tailanda, situada en el mar de Andamán. Tocaba el esperado momento playa y relax que, como viene siendo habitual en nuestros recorridos, se acabó convirtiendo en un par de jornadas de intensas excursiones que poco tiempo dejaron para el descanso. Y sin arrepentimiento alguno.
 
A las diez y media de la mañana pasadas, llegamos a Phuket con la aerolínea Thai Smile, un operador de Thai Airways. Al contrario que otras muchas aerolíneas, este ofrecía vuelo directo, sin escalas, en menos de dos horas (además de desayuno gratuito). A la salida del aeropuerto de Phuket ya nos estaba esperando una chica de JC tours, la empresa con la que contratamos los traslados en esta isla y la excursión a la Bahía de Phang Gna, que haríamos posteriormente el día 2 de mayo. Nos subimos al vehículo y pusimos rumbo a Rassada Pier, donde salía el ferry que nos llevó a las paradisíacas islas Phi Phi. Estos tickets los compramos con antelación a través de Internet. Con un tráfico un poco denso, tardamos cerca de tres cuartos de hora. 


La bandera tailandesa del barco, un tanto deshilachada, con las Phi Phi al fondo
Cuando llegamos al puerto, donde hay varios chiringuitos con comida y unos baños bastante penosos (al menos en ese momento), estuvimos esperando cerca de una hora para poder subir al ferry. Aviso a navegantes (y nunca mejor dicho): Aquí hay que espabilarse para coger asiento. Después nuestro, no paró de entrar gente hasta las 13.30 horas, cuando, por fin, el barco salió, casi hasta los topes, dirección a Phi Phi. 
Las Phi Phi, más cerca del paraíso
Con un calor bochornoso y con cierto overbooking al que parecía estar más que acostumbrada la tripulación, tardamos dos horas en hasta llegar a Ton Sai Pier, el puerto principal de Phi Phi, la única población de la isla. Ésta, está ubicada entre las dos bahías. Cuando el tsunami de 2004 arrasó la zona, la ola cruzó de un lado al otro. En esta primera parada de Ton Sai Pier se bajó casi todo el mundo y nos quedamos sólo los que íbmos a los hoteles del norte, la zona de Laemtong Beach. Aquí subió un representante de nuestro hotel, el Zeavola, para comprobar que estuviéramos todos (todos los que teníamos que estar, claro) y agrupar nuestro equipaje para descargarlo, más tarde, en el hotel.
 
Llegando a nuestro hotel, el Zeavola, en un barco de popa larga
Sobre las cuatro de la tarde llegamos a la altura del Hotel Zeavola. Y digo a la altura porque, debido a que no hay embarcadero y la envergadura del barco era considerable, nos vinieron a buscar en uno longtail, una de esas barquitas de madera alargadas tan típicas de Tailandia, protagonista indiscutible de postales y fotografías. Ahí cargaron nuestro equipaje y, posteriormente, a nosotros. En tres minutos, desembarcamos en la playita del hotel y pisamos, por primera vez, las cálidas y cristalinas aguas del mar de Andaman. Sí, primero el agua; luego, la arena. Mmm...que recuerdos... 


Nada más bajar y a pie de playa, una persona del hotel nos ofreció toallitas húmedas para refrescarnos. Luego, pasamos a la recepción, un pequeño espacio de teka (siguiendo toda la estructura del hotel), para hacer el check in. Aquí nos dan un té frío y... un upgrade de habitación: de la standard nos cambian a una front beach, ubicada a pie de playa! Era increíble y súper bonita... El secreto de este cambio: hacer la reserva a través de la web de Small Luxury Hotel of the World. Ofrecía el mismo precio que el resto, pero con algunos detallitos como este. A veces, sólo por estos motivos vale la pena dedicar unas horillas a buscar las mejores ofertas y hoteles...
 
Zona dormitorio de la habitación/bungalow del Hotel Zeavola
Por fín llegó el momento de entrar a la habitación. ¿Qué decir de la habitación? Si casi era como una casa, con todo lujo de detalles. Además de la zona del dormitorio, con una mosquitera y chaise longue, destacaría la zona de estar exterior, con  zona de descanso, mueble con minibar, sillas, lámpara anti mosquitos y, lo último de lo último, persianas de bambú eléctricas. El baño, que era una habitación anexa al dormitorio, tenía una ducha interior y otra exterior, rodeada ésta última de bambú. Además, a la entrada de nuestra pequeño palacete tailandés había un recipiente para lavarse los pies. Y es que todos los caminitos del Zeavola, hotel de diseño ecofriendly e integrado en el paisaje, son de arena. Se puede ir descalzo todo el día (y noche). La mar de cómodo.
Porche de la habitación/bungalow del Hotel Zeavola, en Phi Phi
 
Después del primer reconocimiento, nos fuimos inmediatamente a comer al restaurante Tacada, perteneciente al hotel y situado en la misma playa. Con el hambre que teníamos, nos comimos dos platos de pasta en un periquete. Después, reservamos en el Padi Center (club de buzeo y excursiones) la excursión de las 4 islas para el día siguiente (Phi Phi Don, Phi Phi Leh, Bamboo Island y Mosquito Island). Antes de que se fuera el sol, nos dimos nuestro primer bañito oficial. Con marea baja y en compañía de unos cangrejillos. Es lo que tiene que el agua sea tan tan transparente...que se ve todo. 

Como estábamos cansados y el sol se escondía, fuimos al spa, dividido también en módulos de teka. Entre las opciones que había en la carta de masajes, escogí un pack que incluía un scrub de yogur (exfoliante), wrap de algas marinas (envoltura hidratante) y masaje de aceites (relajante). Al levantarme del masaje me encontré una grata sorpresa: una pequeña trenza a modo de tiara. ¡Qué detalle! De aquí, nos fuimos rápidamente a cenar, ya que la cocina del Tacada cerraba a las diez. Luego, a dormir. Al día siguiente madrugábamos mucha para salir pronto de excursión.
Restaurante Tacada, del Hotel Zeavola, al lado del mar